Forenses, de la Argentina al mundo

Son antropólogos. Saben leer el mensaje de los huesos para identificar víctimas de masacres y violencia política. Por su experiencia pionera, los convocan en distintos puntos del globo. Cómo trabajan día a día.

(La Nación) Hay un gringo que quiere hacer exhumaciones y necesita ayuda», escuchó Luis Fondebrider mientras participaba en una marcha durante el incipiente gobierno de Raúl Alfonsín. La democracia se ponía de pie lentamente y, con la esperanza, subsistían atisbos de miedo, desconfianza y desinformación. Los familiares de los desaparecidos por el terrorismo de Estado estaban sumidos en el dolor y tenían una pregunta desesperada: «¿Dónde están?».

Transcurría 1984. Luis y otros estudiantes de antropología se juntaron por primera vez cuando supieron de la presencia de Clyde Snow en la Argentina, el antropólogo «gringo» que, conociendo la realidad política del país, había viajado desde Estados Unidos para realizar exhumaciones con nuevas técnicas que permitían la correcta conservación de los restos para el análisis. Sólo contaban con sus estudios de antropología en curso y con su no menos importante vocación humanitaria.

Fue allí cuando se conformó equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), ONG de carácter científico que se dedica a recuperar los cuerpos de desaparecidos durante la última dictadura militar, con objeto de restablecer su identidad y, si es posible, restituirlos a sus familias.

Sus 55 integrantes actúan como peritos de la Justicia argentina, aportan pruebas en los juicios por delitos de lesa humanidad y se dedican a reconstruir la historia detrás de cada desaparición forzada, a través de la averiguación del paradero de los restos, su exhumación y el posterior análisis en el laboratorio.

Hasta el momento, llevan realizadas más de mil exhumaciones, determinaron 446 identidades y restituyeron a sus padres los cuerpos de 247 personas que, así, dejaron de ser desaparecidas.

Las primeras respuestas que el EAAF dio en nuestro país hicieron que, a través de las conexiones que los organismos de derechos humanos tienen con sus pares en el exterior, se enteraran de su existencia entidades como Amnesty International y la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos Desaparecidos (Fedefam). La experiencia argentina era precursora y estos organismos no tardaron en pensar que el trabajo de estos forenses podría aplicarse a más de un país con situaciones políticas similares.

Primero fue en América del Sur, a fines de los 80, cuando comenzaron a buscar víctimas de las últimas dictaduras militares en Chile y Brasil. Luego se extendieron hacia América Central, donde investigaron en Guatemala y El Salvador.

Pero la violación de derechos humanos no era patrimonio exclusivo de este continente y pronto los forenses conocieron realidades más distantes. A comienzos de los 90 viajaron a Kurdistán para buscar a la población kurda que fue vícitima de los ataques del gobierno de Irak. Poco después realizaron uno de sus trabajos más trascendentes cuando fueron convocados por el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia para investigar las masacres ocurridas en Bosnia, Croacia y Kosovo.

Uno de los casos que tuvo mayor repercusión fue la búsqueda, exhumación e identificación del cuerpo del Che Guevara en Bolivia. En 1995 había trascendido que sus restos estaban en el aeródromo de Vallegrande. El rumor motivó la creación de una comisión especial para su búsqueda, que convocó al EAAF por su experiencia. Tras dos años de arduo trabajo al que se sumaron expertos cubanos, en julio de 1997 el equipo halló la fosa del guerrillero y pudo identificar sus restos.

Las repercusiones y el éxito de sus hallazgos hicieron que en estos años los convocaran de todos los continentes. Hoy trabajan en casi 40 países, financiados por organizaciones y fundaciones internacionales. Actualmente, entre otras misiones, buscan a desaparecidos durante la dictadura de Stroessner en Paraguay, y realizan entrenamientos para antropólogos en Chipre y Timor Oriental.

Jóvenes colaboradores

Pero, a pesar del reconocimiento que adquirieron a nivel mundial, es en Buenos Aires donde mantienen abiertas sus oficinas desde el primer día de manera permanente ya que, oficialmente, actúan como peritos a disposición de los jueces que investigan los delitos de lesa humanidad.

«La primera experiencia fue en un cementerio del norte de la provincia de Buenos Aires. Recuerdo que fuimos con padres y policías, la situación política era muy endeble todavía. La persona que encontramos no era la que estábamos buscando. Pero aprendimos a realizar una exhumación forense con metodología científica, la primera en la Argentina», recuerda Fondebrider. Hasta ese entonces, esos procedimientos los realizaban sepultureros con palas mecánicas, destruyendo evidencia y perdiendo importante información.

«En ese momento los familiares de los de-saparecidos no confiaban en los forenses del sistema oficial. Por eso quisimos darles una alternativa independiente, aplicando diferentes disciplinas científicas como la antropología, la arqueología y la medicina para ese contexto tan especial», explica Fondebrider. Fue entonces cuando decidieron conformar un equipo, que funcionaría como una organización sin fines de lucro, al que le darían dedicación exclusiva.

Silvana Turner ingresó al equipo a mediados de los ochenta. Asegura que no tuvo miedo de involucrarse en aquel momento, quizá por la inconsciencia que todavía tenía a sus 19 años. «Creo que lo que me acercó fue la curiosidad de pensar qué podía hacer con la disciplina que estaba estudiando, porque uno veía a la antropología más limitada al ámbito académico y no al científico. Veía que se podía aportar al tema de los derechos humanos desde algo concreto», recuerda.

El primer gran hallazgo, como grupo ya constituido, fue en un cementerio bonaerense, donde se encontraron once cuerpos de desaparecidos, que pudieron ser identificados luego en el laboratorio. Años después, otros grandes acontecimientos marcaron la historia del equipo, como cuando exhumaron los cuerpos de las víctimas de lo que se conoció como la masacre de Fátima (la ejecución masiva de 30 detenidos en la ruta 8 a la altura de Pilar), o la identificación de los cuerpos de Azucena Villaflor y de la monja francesa Léonie Duquet, que habían aparecido en la costa atlántica en 1978, tras haber sido arrojadas al agua en los llamados vuelos de la muerte. Recientemente, encontraron restos óseos cremados en las afueras de la ciudad de La Plata, en lo que fue el centro de detención Pozo de Arana, que tuvo como detenidos a los adolescentes de La Noche de los Lápices y a Jorge Julio López.

«Lo que fuimos corroborando científicamente es que eran ciertos los testimonios de los detenidos. Las personas habían sido torturadas y estaban enterradas como NN, de manera clandestina, en distintos cementerios del país. La mayoría de las versiones oficiales indicaba que habían sido muertos en enfrentamientos, pero nosotros advertimos que tenían balazos en la nuca, lo que se corresponde más con un fusilamiento», explica Fondebrider. El antropólogo agrega que en el último año han encontrado en Buenos Aires y Santa Fe cuerpos en fosas comunes, en descampados fuera de cementerios, que dan cuenta de otro modus operandi.

Tarea interdisciplinaria

Antropólogos, arqueólogos, detectives, científicos: las palabras esbozan aunque no llegan a definir completamente el trabajo que realiza este equipo de expertos. Ellos mismos entran en un largo relato cuando intentan explicar su labor, que tiene diferentes etapas aunque, en rigor, todas ellas ocurren en simultáneo.

En primer lugar, la investigación histórica. Los antropólogos deben dar con las coordenadas geográficas en donde se encuentran enterrados los restos óseos de las víctimas de la represión. Los huesos son, en esta historia, lo único que sobrevivió a la tortura y el tiempo: el único elemento tangible que los familiares pueden recuperar para realizar el duelo.

Para las identificaciones consultan a familiares que pueden aportar datos sobre las características físicas de la persona y las circunstancias de la desaparición. Por otro lado, resultan fundamentales los testimonios de los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención, que aportan pistas para dar con el paradero de los cuerpos.

En tanto, los documentos que quedaron de la burocracia estatal de aquel período, los libros de ingresos a los cementerios (fundamentalmente las entradas de cuerpos como NN) y los archivos, tanto gubernamentales como periodísticos, constituyen el corpus de fuentes escritas de las que se valen para definir los objetivos.

Una vez autorizados por la Justicia, proceden a exhumar los cuerpos, la otra etapa fundamental del proceso. Todas las lecciones que aprendieron de Snow las ponen en práctica en cada excavación. Mediante la aplicación de técnicas de la arqueología, los antropólogos descubren los restos ocultos en las profundidades de la tierra. Con palas, cepillos y pinceles trabajan uno a uno los huesos y los disponen en contenedores para su posterior análisis.

«Son restos que pertenecieron a personas que fueron torturadas, asesinadas, pero, además, enterradas de la peor manera, a veces en fosas comunes, a veces en precarios cajones», describe Turner. Esas jornadas funcionan como bisagras en el proceso. Ese es el momento en que los que están desaparecidos aparecen.

Devolver la identidad

La siguiente etapa es la identificación en el laboratorio. Durante los primeros años, los antropólogos se basaban en la determinación del perfil biológico de la persona: sexo, edad, lateralidad y todos aquellos rasgos individualizantes, como lesiones óseas, patologías y particularidades odontológicas que pudieran ser cotejados con la información provista por los familiares y las historias clínicas.

Pero el EAAF siempre estuvo a la vanguardia de la ciencia en materia de estudios, y los avances que permitieron determinar el ADN a partir de restos óseos a finales de los años 90 (una técnica mucho más compleja de la que se realiza con sangre) les abrió un abanico de posibilidades en el laboratorio. «Antes dependíamos de que la persona tuviera algún rasgo característico o que hubiera alguna ficha médica», explica Turner.

De allí la importancia de que los familiares de desaparecidos se sigan acercando a estos profesionales para dejar su sangre en un banco de datos: permite acotar los tiempos y aumentar exponencialmente las identificaciones. En este sentido, en 2007 el EAAF lanzó una campaña denominada Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos, que tiene como objetivo la recolección masiva de muestras de sangre para poder compararla genéticamente con los restos que aún no pudieron identificarse. Mediante la firma de un convenio con la Secretaría de Derechos Humanos y el Ministerio de Salud de la Nación, se establecieron 63 hospitales y centros de salud de todo el país para la extracción de muestras. La presentación es voluntaria, confidencial y gratuita.

La culminación

Una vez confirmada la identidad de la persona encontrada, llega la instancia de comunicación a las familias, algo que los antropólogos hacen con la misma delicadeza con la que realizaron la labor científica, ya que implica contener a los padres de las víctimas en el momento en el que reciben la noticia. «Es un vínculo de confianza, de confidencialidad e, inevitablemente, de involucramiento», describe Turner.

Luego del momento del entierro, al que los forenses suelen asistir, suele proseguir un intercambio de llamadas y visitas con los familiares, en un lazo que ya no podrán romper con quienes recibieron un poco de alivio, después del dolor por la muerte.

«Para los familiares es, por un lado, un momento muy terrible, porque tienen la certeza de que esa persona fue asesinada. Pero, por el otro, sienten cierta paz después de tantos años de incertidumbre. Ahora saben qué pasó, dónde estuvieron, tienen los restos, pueden enterrarlos, tener una sepultura y visitarlos, además de reinsertar en la sociedad a ese ser querido que había perdido su identidad», expresa Fondebrider.

«Son momentos muy difíciles, de una carga emocional muy fuerte. Pero sabemos que es algo importante para las familias, que influye en su proceso de duelo. En general los familiares se muestran muy agradecidos con nosotros y eso nos da aliento para seguir. Más allá de que somos peritos ante la Justicia, son momentos en los que uno entiende por qué está haciendo esto», agrega Turner.

En septiembre, el EAAF realizó un envío de evidencia a dos laboratorios, Lidmo, en Córdoba y The Bode Technology, en los Estados Unidos, que son unos de los pocos lugares con capacidad de hacer cruces masivos de datos genéticos. Ahora, espera cotejar el ADN de los 925 restos óseos cuya identidad aún no pudieron establecer con las nuevas muestras de sangre del banco de datos.

Afirman que, por estos días, la genética les permite hacer estudios que hace 20 años eran impensables.

Por Maia Jastreblansky
mjastreblansky@lanacion.com.ar

En internet www.eaaf.org

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